Del arquitecto Claudio Arduz Eguino son el condominio Jardín Sur —su primer proyecto en Santa Cruz de la Sierra—, el edificio Aranjuez, dos locales de Burger King, varias edificaciones en el Urubó y un par de casas de gran tamaño que, paradójicamente, no terminan de convencerlo. “Cuando los padres envejecen y los hijos se van, esas casas quedan demasiado grandes. Una de ellas tiene seis dormitorios. No tiene sentido”, comenta.
Paceño de nacimiento, con raíces familiares en Sucre y La Paz, está casado con una cruceña, “Chichi Jaldín”. Sus hijos y nietos nacieron en Santa Cruz, ciudad en la que reside desde hace 44 años. Estudió Arquitectura primero en Cochabamba y finalizó sus estudios en La Paz. Aunque hoy está jubilado, ejerció la profesión durante medio siglo, y fue docente universitario por 25 años en la Universidad Católica Boliviana, la Gabriel René Moreno y la UPSA.
El arte ha estado siempre presente en su vida. Dibuja y pinta en diversas técnicas. En 2022 expuso la muestra «Pueblos soñados, pueblos imaginados, pueblos inventados» en Casa Melchor Pinto. También ha incursionado en la literatura: en 2017 publicó Dibujos de + Otras cosas y este viernes presenta su nuevo libro: Ciudad, arte y arquitectura, una obra visualmente rica, propiciada por el Colegio de Arquitectos de Santa Cruz y el Colegio de Arquitectos de Bolivia.
¿Qué tiene de particular este nuevo libro?
Ciudad, arte y arquitectura es tanto una reflexión como una crítica. Está compuesto por artículos breves y otros más extensos, que pueden leerse en cualquier orden. El eje central es la ciudad, y está pensado para cualquier lector, no sólo para arquitectos o artistas.
¿Por qué decidió escribirlo?
Porque la ciudad es el escenario de nuestras vidas. Es la mayor expresión física de la cultura humana. En ella vivimos, amamos, odiamos y también morimos. Además, más del 60 % de la humanidad ya vive en ciudades, y en Bolivia ese porcentaje llega al 75 %. La ciudad es esencial. Y luego está el arte, que también está profundamente ligado a la arquitectura. Si uno observa a los seres vivos que construyen su hábitat —el tiluchi con su hornito, otros animales con sus madrigueras— verá que el único ser que decora su entorno es el ser humano. Eso es arte. Durante la pandemia, por ejemplo, muchos nos refugiamos en el arte: vimos películas, escuchamos música, pintamos, leímos, escribimos… Mi hijo es músico y también estaba creando. Sin esas expresiones, la cuarentena hubiera sido insoportable. El libro también aclara conceptos como modernidad y posmodernidad.
El libro no se queda en lo nacional, también aborda el arte histórico…
Sí, es importante hacer referencias históricas. Por ejemplo, hablo de los impresionistas, que aunque surgieron en el siglo XIX, siguen despertando fascinación hoy. No sólo por su estilo pictórico, sino por las vidas apasionadas y conflictivas que llevaron. Incluso en Bolivia hay quienes todavía pintan con ese estilo. Es un fenómeno digno de estudio.
¿La arquitectura es arte?
La arquitectura es arte, técnica y también ciencia. Hay arquitectos que la han llevado más hacia lo artístico. (Antoni) Gaudí es un ejemplo excepcional, único, porque no dejó escuela. Lo mismo ocurrió con Frank Lloyd Wright, creador de la arquitectura orgánica. En cambio, los racionalistas como Le Corbusier o (Ludwig) Mies van der Rohe generaron corrientes que se expandieron y evolucionaron con numerosos seguidores.
Arquitecto, usted dibuja, y no todos sus colegas lo hacen hoy. ¿Cómo conviven el dibujo a mano y la tecnología en su trabajo?
Yo sigo haciendo arquitectura en computadora, es una herramienta muy útil y eficiente. Pero el croquis a mano sigue siendo fundamental. No por un tema artístico, sino por rapidez. Sirve para dar una idea clara al instante, ya sea al cliente o al albañil de la obra. De hecho, con ese fin, muchos dibujos se hacen con lápiz en paredes recién revocadas. El dibujo sigue siendo una herramienta esencial. La portada de mi libro la hice en computadora. Nació como un juego, lo guardé, lo trabajé y luego lo terminé junto a mi sobrina, que se encargó de la diagramación.
¿Qué llegó primero a su vida: el arte o la arquitectura?
El arte. Empecé a dibujar y pintar desde el colegio. Tenía un profesor que nos enseñó acuarela y me gustó. Nunca he sido un gran acuarelista, pero aprendí. Luego, en la facultad, seguí cultivando el arte como complemento. Nunca me dediqué profesionalmente a exponer, pero siempre ha estado ahí, conmigo.
¿Cómo definiría su arquitectura?
La mía es una arquitectura adaptada al medio, que toma en cuenta el clima, la orientación, el entorno natural. Me interesa incorporar jardines y áreas verdes. No me obsesiono con la forma exterior, porque lo que es bonito en un lugar puede no funcionar en otro. En Santa Cruz, por ejemplo, es fundamental pensar en espacios como la galería, que permite disfrutar del aire libre y la sombra. También hay que respetar el estilo de vida de las personas. Algunos prefieren estar encerrados con aire acondicionado; otros, no tanto. Cada caso es distinto.